WILSON DANIEL HENRÍQUEZ GALLEGOS
En el año
1987, Quilicura aún era una comuna con ciertos rasgos rurales. Todavía quedaban
calles y sectores que mostraban algo de la historia agrícola, precisamente lo que había originado la creación de la
comuna.
El
alumbrado público aún era muy precario y mantenía en penumbras los rincones de
la aldea, en las noches casi solitarias.
Aún por
esos años, los vecinos mantenían algunas tradiciones y costumbres que habían
heredado de nuestras familias más antiguas y que perduraban casi heroicamente.
Una de
estas tradiciones era el respeto y cariño por la Iglesia católica y sus
festividades.
Otra, era
el fútbol de los domingos y por otro lado, las fiestas escolares.
Y una tradición
permanente era el amor hacia los muertos.
En el
ámbito escolar, aún se mantenía la hegemonía de las Escuelas Municipales con
los colegios particulares que ya se desplazaban por nuestros barrios.
Quilicura,
al igual que el resto del país vivía bajo un régimen militar que oprimía de una
manera casi cruel a nuestra sociedad desde hacía 14 años, pero que sin embargo
se atisbaban ya los pequeños rayos de la libertad.
En el año
1987 un invierno más frío que lluvioso hacía sentir su inclemencia sobre los
sectores más modestos.
Yo era
profesor desde el año 1970.
Nuestra
Escuela, el lugar de nuestro trabajo, era
un oasis de esfuerzo y de abnegación laboral y constituía un refugio solidario
y familiar.
El
recorrido desde el sector céntrico hacia El Mañío eran unos quince minutos
caminando a ritmo normal. La ruta diaria permitía observar los hogares modestos, sentir
en el rostro, el frío y las heladas de la mañana.
Realizando
este camino, Quilicura dejaba ver su pobreza.
La pobreza
y el descontento no aparecían en la
TV.
A mediados
del mes de junio del año 1987, la prensa la radio y la TV , que se mantenían
controladas por el Régimen, dio a conocer la noticia de un "enfrentamiento entre
las fuerzas policiales y un grupo de extremistas del frente patriótico Manuel
Rodríguez.”
En estos
enfrentamientos sucesivos habían resultado heridos algunos miembros de las fuerzas especiales y habían
sido abatidos un grupo de 12 “extremistas” la mayoría de los cuales se
refugiaban en la calle Pedro Donoso de la comuna de Recoleta.
El día 15
de junio, la Iglesia
celebraba la festividad de Corpus Christi.
En esa
misma noche hubo también otros tiroteos en la Comuna de San Miguel.
Las
noticias de la TV
mostraban el lugar donde se había producido la balacera y los cadáveres de “los
guerrilleros “esparcidos en una casa.
Esto no era
nuevo.
Muchos de nosotros,
ya sabíamos que eran permanentes montajes informativos.
Todos los
medios de comunicación sin excepción entregaban la versión oficial y única. Generalmente había unos testigos y un oficial
que explicaba técnicamente en lo que había consistido el enfrentamiento, luego el Gobierno justificaba las muertes.
En la noche
de Corpus Christi obviamente no hubo ningún enfrenamiento sino que lo que
ocurrió fue una matanza planeada desde la C.N
I. para aniquilar el “Frente patriótico Manuel Rodríguez”
El nombre
de esta operación fue “Albania”
Esto no era
algo nuevo. Chile vivía bajo ese régimen de terror y mentiras.
La noticia
se expandió y se hizo sentir en nuestra Escuela.
Uno de los
abatidos era Wilson Henríquez Gallegos, un joven que vivía en uno de los
pasajes de la población “El Mañío”.
La consternación
la provocaba tanto la trágica noticia como el hecho de que el joven Wilson,
viviera en nuestra población y era conocido de todos los vecinos.
El suceso
nos llenó de temor porque precisamente ese era uno de los objetivos de esta
masacre.
Por aquellos
días, muchos de nosotros habíamos encontrado un refugio social bajo el alero de
la iglesia y prontamente la noticia del asesinato de Henríquez provocó un hondo sentimiento.
En Chile
asesinaban muchas personas, pero este caso estaba mucho más cercano, de tal
manera que las oraciones por su familia en forma anónima se hacían sentir en
nuestras comunidades.
El cadáver
de Wilson Henríquez finalmente fue entregado a su familia.
Tenía 21
impactos de bala. Luego de ultrajarlo lo fusilaron en el patio de una casa en la
calle Varas Mena en un barrio de San Miguel.
El párroco
de la época, en el invierno del año 1987, se encontraba fuera de Quilicura y nos
pidió que acompañáramos a su familia el día de las exequias.
Éramos dos personas. Nancy y yo.
Quilicura fue
fundada a inicios de siglo, en el año 1901 y junto con ello había entrado también en vigencia el
cementerio de Quilicura.
En efecto,
el cementerio distaba del “pueblo”, poco más de tres kilómetros por un sendero
que bordeaba el cerro.
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vista interior del cementerio. |
Era un
viejo camino que en parte se había conformado por el paso de las carretas y
carretones a la localidad de Renca.
El sendero
rocoso se fue formando en la falda de la cadena de cerros, en una extensa
planicie que durante el inicio de la primavera se cubría de “huilles”, hermosas
flores silvestres rosadas y blancas que embellecían el paisaje casi virginal.
Por aquel
sendero transitaban los deudos hacia el cementerio local.
Los
funerales hasta esos días eran todo un
ritual, un pequeño ritual que venía de las generaciones anteriores. Todo se
iniciaba con las oraciones y el repicar de las campanas y de allí comenzaba el
largo viaje.
Encabezaba
el cortejo el féretro que cargaban cuatro o seis familiares o amigos, todos
varones. Tras de ellos marchaban los “cargadores” que turnándose cada treinta o
cuarenta metros iban haciendo los relevos hasta llegar al cementerio.
Luego de la
organizada fila de hombres, venían las mujeres vestidas de luto con sus oraciones
llantos y flores..
Era un
cansador y penoso viaje, llevando el ataúd “a pulso”, lo que ocurría bajo el
sol abrasador del verano o bajo la intensa lluvia del invierno.
Generalmente
los que profesaban la fe católica, antes del inicio del cortejo participaban de
la misa.
Esto fue
una tradición absolutamente enraizada que fue disipándose con la creación de
otras capillas.
El cadáver
de Wilson, permaneció para su velatorio
en la nueva capilla San Gerardo de la población “El Mañío”.
Sus
exequias se realizarían el día sábado.
Nancy y yo
portábamos un rosario y los textos para el responso, porque era lo usual para
acompañar a las familias.
La pequeña
capilla de madera, se encuentra ubicada
en la calle central por el acceso a la
población.
Aquel día,
desde lejos se divisaba movimiento de gente y algo extraño en el ambiente.
Frente a la
capilla se habían instalado dos “micros” de carabineros y un poco más allá dos
patrulleras con sus balizas encendidas. Eran las 15.30 horas.
Un bullicio
nos esperaba al ingresar a la capilla.
Un Diacono que
no conocíamos, terminaba de hacer las oraciones y entre el llanto, el
desconsuelo, la ira y la impotencia se escuchaban gritos y consignas.
La escena
era conmovedora: niños y jóvenes rodeando abrazados el ataúd y gente que
lloraba con gemidos desesperados.
Quedamos
estupefactos y permanecimos en silencio en la puerta de la capilla.
Nancy atinó
a decirle a alguien “somos de la parroquia y nos ha enviado el párroco”.
Todos
querían estar en contacto con el féretro, de tal manera que fue sacado de la
capilla entre muchísimos brazos. Los
lamentos y los gritos no cesaron sino que se intensificaron con voces ya roncas
y cansadas.
Los
pobladores miraban desde lejos. No era difícil suponer que los medios de
comunicación influían en la actitud temerosa de la gente.
Esta vez el
ritual para trasladar al difunto se trastocó en algo de especial dramatismo.
No hubo
fila de “cargadores”, sino un grupo compacto de jóvenes que caminaban abrazados
en torno al féretro, llorando y gritando.
¡Compañero
Wilson Henríquez!
¡Presente!
¿Quién lo
mató?
¡La
dictadura!
¿Quién lo
vengará?
¡El pueblo!
¿Y cómo lo
haremos?
¡Luchando,
creando poder popular!
¿Compañero
Wilson Henríquez?
¡Presente!
¡Ahora y
siempre..!
El cortejo
emprendió rumbo hacia el cementerio con paso raudo y decidido, casi al ritmo de
una marcha callejera.
Todos apuramos
el paso para poder seguirlo.
El llanto y
los gritos no cesaron.
Había más
patrulleras en las esquinas y grupos armados de carabineros provistos de cascos
y fusiles.
Decenas de
curiosos observando desde lejos.
A nuestras
espaldas se instalaron las “micros” y
nos siguieron durante el largo camino.
Era una
tarde soleada del mes de junio.
Al volver
la vista hacia los cerros se divisaban uniformados soldados y carabineros
apostados apuntándonos hacia el cortejo con sus fusiles.
Una fila de
militares armados marchaban por la planicie del cerro al mismo ritmo de nuestro
cortejo y varios carabineros con uniformes de combate se instalaron a
ambos costados de los asistentes que éramos poco más de cien.
Todos se
abalanzaban sobre la urna y apresuraban el paso.
En
Quilicura estábamos habituados a cortejos lentos y ordenados donde la fila de
acompañantes se extendía por muchos metros.
No fue así
en esta ocasión.
Los
carabineros y las fuerzas de seguridad en ocasiones habían dispersado muchos
funerales, terminaban lanzando bombas
lacrimógenas y realizando disparos
creando el caos y el pánico entre los deudos.
Quizás era
lo que pensaban y temían todos los que rodeaban el féretro.
Como quiera
que fuese, se respiraba la ira el dolor y la impotencia entre los gritos
desgarrados y el clamor por la justicia.
Nancy y yo
caminábamos a unos metros del ataúd, sin comprender aquel inmenso despliegue
militar y pensando en que la familia requería algo de paz para sepultar al hijo
tan querido.
Pero no
hubo paz.
La fosa
para el ataúd ya esperaba y un joven arengó a los asistentes al funeral.
“¡Nada hay
que aceptar a esta dictadura y a estos asesinos, compañeros, hay que
luchar sin miedo contra el tirano y el pueblo se tiene que organizar, porque
estos perros seguirán matando y persiguiendo a nuestros compañeros.
La batuta
la tiene el pueblo y le haremos frente a
cada uno de sus ataques.
Que no
decaiga la lucha contra el tirano y contra la dictadura, el pueblo tiene que
estar siempre de pie.
Este llanto
de las compañeras se debe transformar en fuerza para la organización!”
Caía la
tarde en el camposanto.
Afortunadamente
los fusiles se ubicaron a distancia y sólo ingresaron hasta el lugar del sepelio
uno que otro agente que pretendían confundirse con el grupo de acompañantes y
familiares.
El
desconsuelo era más poderoso y en verdad poco importaba lo que harían los
servicios represivos.
Quienes
estaban junto a nosotros escucharon que
rezábamos el padre nuestro y se unieron a la oración.
Alguien a
lo lejos gritó:
“¡Damos las gracias a la Iglesia católica!”
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Abatidos en la "Operación Albania". |
Retrato de Wilson
http://www.quilicuraseptiembre.blogspot.com
Estimado Mario,
ResponderEliminarJunto con saludar, le escribo para saber novedades de usted.
¿Como se encuentra? , espero que bien y lo aliento a que nos vuelva a alegrar y emocionar con sus lindas historias de Quilicura , que nos hacen retroceder a tiempos hermosos e irrecuperables.
Saludos atentos.
Salvador Llanca Clavero
felicidades y agradecimientos por esta obra de historia de Quilicura, llegué hace menos de 5 años, hoy me metí en esta pagina y quedo maravillado con la vida, que usted sabe revivir, en estas paginas, que Dios y los quilicuranos sepan agradecerle, me permite abrazarlo un nuevo admirador Párroco de Sagrada Familia
ResponderEliminarHonor y Gloria por el joven y querido luchador Wilson Henriquez y gran admiración y respeto por el profesor Mario Monasterio, quien mantuvo viva la memoria, de los crimenes y montajes de la dictadura...Mis respetos. Newton..
ResponderEliminarDon Mario. Interesante su experiencia y vivencias históricas. Yo soy de otra generación, por lo que no había vivido en su época. Pero tengo miradas políticas un poco más distinta a la suya. El FPMR consistía en resistir contra la tiranía. Por lo tanto, ese "poco de libertad" que Ud mencionó no se parecía mucho a los que me contaban mis parientes de aquel periodo. Si el régimen fuese mas compasivo y social no hubiese surgido confrontaciones tan violentas como la que se vivió... Saludos
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