16/8/13

QUILICURA, JULIO de 1969, EL HOMBRE LLEGA A LA LUNA.

EN EL TELEVISOR INSTALADO EN LA PLAZA SE ESPERA EL ACONTECIMIENTO...



La televisión en Chile comenzó a desarrollarse con ocasión del mundial de fútbol en el año 1962.
Antes de aquel acontecimiento los niños de esa época solíamos leer revistas de cómics con las aventuras de los héroes del oeste y otras similares.
Una de esas revistas era “La pequeña Lulú”, que relataba los hechos cotidianos de niños y niñas de algún barrio de del país del norte.
Era allí en esas revistas de cómics, que nosotros supimos de la existencia de los aparatos de TV, pues con toda la naturalidad del mundo esos pequeños personajes veían la TV en su living.
Pasarían algunos años para que en nuestro país la TV se masificara y pudiera estar al alcance de todos los hogares, de modo similar a como veían Lulú Anita y Tobi
En Quilicura al término de los años sesenta, ocurría un hecho muy pintoresco.
La Municipalidad local, se encontraba por esos años en un edificio de piedra, ubicado al costado norte de la plaza de armas.
En realidad esta plaza, fue  el centro cívico de lo que era por entonces nuestra Institucionalidad: El edificio municipal, el Retén de Carabineros, la Compañía de Bomberos, más allá las oficinas del correo y hacia el este, el viejo “Cine México”.
La plaza albergaba además, la Quinta de recreo Barcelona y el restaurante “Los Quilicuranos”.
Era la típica plaza presente en todas las comunas de Chile.
Lo pintoresco era que en el año 1968, la Municipalidad había instalado en el centro de la plaza  un aparato de televisor.


Era un TV  de 32 pulgadas con base y carcasa de madera y con un sistema de controles de perilla, como lo eran todos los de esa época.
Para su protección, estaba instalado en un compartimento de fierro y protegido con candado. Un cable salía hacia el exterior porque a cierta altura se ubicaba una antena receptora.
Cada día se juntaba allí un numerosos grupo de personas que con mucho entusiasmo seguían algunas series de la televisión de los únicos dos canales que conformaban el menú de esos días.
La mayoría de los concurrentes eran niños y jóvenes que a esa hora del atardecer se encontraban con amigos y amigas y tenían como pretexto el mirar la televisión.
Por esos días nuestra comuna tenía aún el aspecto de pueblo provinciano, con escaso movimiento de gente, con una iluminación casi imperceptible en las noches de niebla y en las  calles solitarias, la quietud impasible  de los pueblos más recónditos del país.
La mayoría de las personas ya se encontraban en sus hogares antes de las 21 horas y sobre la comuna reinaba el silencio y la tranquilidad.
Generalmente el televisor lo encendía Fernando a eso de las 19.00 horas y allí con mucha paciencia esperaba que dieran las 22.00 horas para apagar la pantalla en blanco y negro.
La plaza, en los días otoñales, cubría de grandes hojas amarillas sus pequeños senderos y a través de los añosos árboles la luna se veía enorme.
Era el tiempo y el lugar propicio para que algunas jóvenes parejas dialogaran y “pololearan” junto a los jardines.
En el mes de julio del año 1969, había una razón especial para que la gente llegara hasta la plaza a ver la televisión.
La noche del día domingo 20 de julio  los medios informativos habían anunciado la llegada del hombre a la luna.
La noticia tenía en expectación al mundo y en Quilicura no fue de otro modo.
Siempre las noticias nos llegaban con cierto retraso, pero nos llegaban.
Era el gran  acontecimiento histórico, la gran noticia del siglo.
Desde el año 1960 La Unión Soviética y los EEUU,   habían emprendido, según los medios de comunicación, una carrera espacial que concluiría con el primer hombre pisando la superficie lunar.
Según esta noticia, los norteamericanos habían ganado la carrera espacial
Había llegado el gran día.
La hazaña de produciría a 384.000 kilómetros de distancia.

En los días previos la fabulosa nave Apolo 11 había emprendido el viaje llevando consigo una capsula especial llamada “Águila” y se encontraban a bordo tres astronautas norteamericanos estrenados desde años con ese objetivo: Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin.
El descenso en la superficie selenita se produciría la noche del día domingo 20 de julio.
Millones de personas permanecerían esa noche frente a los televisores.
En Quilicura la mayoría de las familias era de muy escasos recursos, de hecho no circulaban muchos vehículos y esto aumentaba el aspecto de aldea apacible. Muy pocos vecinos contaban con aparato de TV,  eran de altísimo costo y carísimos en aquella época. Los que tenían ese privilegio eran las familias más acomodadas de nuestra apacible comuna.
Fue  durante el año 1971, que la televisión se expandió a muchos hogares con un aparato llamado “antú”, que formaba parte de la política popular del Gobierno de Salvador Allende.
El día domingo 20 de julio, en la plaza de Quilicura,  llegó más gente de lo habitual a ver el espectáculo del hombre en la luna.
Se tejían todo tipo de conjeturas acerca de lo que ocurriría realmente allá en ese lejano y poético satélite.
De hecho en la parte introductoria a la trasmisión los panelistas hablaban de seres extraterrestres, temblores, seres fantásticos, ciudades y  mares.
Nosotros esperábamos ansiosos la conexión que se haría por primera vez en la historia, en directo, desde la luna  y en conjunto con todo el planeta.
El idioma inglés y las voces entrecortadas de científicos y técnicos nos pusieron en alerta de que estábamos viviendo el hecho más espectacular e inédito.
Las voces incomprensibles para la mayoría de nosotros estaban cercadas de ruidos y sonidos técnicos. El indicio inequívoco que nos encontrábamos en contacto con la NASA.
La imagen solo distinguía líneas horizontales y fugaces, destellos luminosos sin ninguna forma y el audio que casi se extinguía.
Las personas que estábamos allí, permanecíamos estoicamente soportando el frío del mes de  julio y esta transmisión que suponíamos era lo normal. Al cabo, era la primera transmisión de este tipo y había que esperar.
Los cálculos estimaban que el pie del primer hombre se posaría en la luna cerca de las 22 horas.
Mirando y pretendiendo escuchar algo de este singular hecho astronómico, nos dieron las 23.00 horas.
Fuimos muy pocos los que permanecíamos frente al televisor, avivando los ojos y segurísimos que lo que no podíamos apreciar, era lo normal.
Era muy extraña la transmisión desde la luna.
Cerca ya de la medianoche todos nos retiramos con mucho de frustración.
¿Eso era lo habíamos esperado con tanta ilusión?
¿Eran estas las imágenes que recibía todo el planeta tierra?
Sin duda que no.
Lo que ocurrió realmente aquella noche, fue una fatalidad, el televisor se había descompuesto en la hora y en la fecha menos indicada. 


5/3/13

LOS PIONEROS DE LA MÚSICA POPULAR EN QUILICURA: "Los intrépidos"



“LOS INTRÉPIDOS”
La expresión musical de los años sesenta.


En el año 1963 Quilicura era un oasis de tranquilidad y paz.
Un bus recorría las calles de la comuna a lento andar trasportando a los Quilicuranos que iban y venían desde el centro de la capital.
Todo era lento y sin prisas.
Los servicios públicos eran muy limitados y casi imperceptibles: Un cuerpo de bomberos, un retén de carabineros y un consultorio pequeñísimo que pretendía cubrir las necesidades del pueblo.
En el año 1963, Quilicura no contaba  más que con una central telefónica, que disponía de una telefonista que atendía las llamadas de unas cuantas personas que poseían teléfonos domiciliarios. En verdad no eran más de diez o quince teléfonos  y la pequeña central ubicada en la calle José Francisco Vergara cumplía con este servicio durante algunas horas del día.
El resto de la población, unas treinta y cinco mil personas, simplemente no sabían de la existencia de esto y menos aún que los más cercanos al “pueblo”, podían utilizar el único teléfono que había en esta compañía.
Por entonces las comunicaciones no eran una necesidad de la comunidad.
El comercio estaba limitado a unos cuantos boliches que expendían alimentos y que cerraban sus puertas cerca de las siete de la tarde.
Durante el otoño, la plaza de Quilicura exhibía sus árboles que por entonces ya parecían viejos y añosos y al inicio de mayo el suelo se cubría de miles de hojas amarillas.
Las hojas trasformaban sus pasillos en una gruesa alfombra que la llovizna hacía brillar en sus tonos oro y ocre.
Era un espectáculo hermoso pero que  entristecía aún más, el ambiente mísero que exhibía el centro de lo que era nuestra comuna.
Al llegar la noche la plaza y  el pueblo quedaban vacíos.
Antes de la nueve de la noche, la quieta comuna de Quilicura dormía en absoluto silencio y paz.
La comuna contaba sólo con dos establecimientos educacionales lo que significaba que muchos niños y jóvenes viajaban diariamente hacia la capital para completar sus estudios, estos eran los que repletaban junto con obreros y comerciantes el bus número 56, el único transporte público..
Era una tierra quieta y sus habitantes, vecinos conocidos desde siempre, en su mayoría era gente del campo, pequeños agricultores, campesinos e inquilinos. La vida trascurría sin sobresaltos no obstante que en el planeta se desencadenaban una serie de movimientos sociales y culturales que repercutirían en nuestro suelo años más tarde.
Junto a la plaza de Quilicura, hacia el norte, se encontraba el estadio municipal.
No era otra cosa más que una cancha de fútbol con unas viejas galerías de madera que con suerte albergarían ciento cincuenta  personas.
Sin embargo este pequeño estadio que contaba con unos pequeños y sucios camarines formaba parte de los emblemas de la comuna porque tenía la facultad de convocar a la tranquila comunidad local.
Una alameda a la entrada le otorgaba el frescor en las tardes de verano.

En el año 1962, lejos de esta tierra, en el otro extremo del mundo se iniciaba la revolución de la música con el cuarteto de Liverpool The Beatles.
La música en nuestra comuna estaba circunscrita a las quintas de recreo y restaurantes. En estos locales los sábados por la noche llegaban los visitantes a bailar.
Una de estos locales, era la “Quinta Barcelona”, que tenía un grupo musical tipo sonora que deleitaba a los presentes con la música de Pérez Prado y con los ritmos caribeños y colombianos que eran el delirio de los bailarines. Allí se hacían presentes algunos  músicos locales con sus escasos instrumentos.
A una cuadra de la Quinta, al atravesar la plaza, se encontraba el estadio que albergaba la fiesta de los domingos que era el fútbol.
De vez en cuando, en el recinto se hacían algunas actividades extradeportivas. Estas festividades estaban limitadas a las tradiciones “dieciocheras” donde las familias acudían para que sus hijos pequeños se divirtieran.

En esta ambiente y por estos años unos jóvenes iniciaban un camino inexplorado, eran los amantes de la música popular que ya se abría paso imperceptiblemente en estas latitudes.
Antes de aquello la música era más bien familiar y las guitarras se escuchaban en las ramadas y en las tertulias donde predominaban los valses, las tonadas y las rancheras mexicanas.
En el año 1963, la historia cambiaría y como suele ocurrir, el cambio venía de la mano de los jóvenes.
Uno de ellos, Hugo Rozas,  que formaba parte de las sonoras bailables comenzó a redescubrir la música que nos llegaba de Europa y los acordes de su guitarra empezaron a ejecutar a grupos musicales diferentes que las radioemisoras se atrevían a programar. No había aún los cassettes e era impensado el CD. A lo más en uno que otro hogar estaba la vieja victrola en la que se escuchaban los tangos o algún tocadiscos que reproducía los pesados long play con música de orquestas.
La primera radio que se escuchó en Quilicura fue en el año 1957.
Hacer música era dificilísimo, porque no se contaba con ningún medio para ello.
La herramienta en esencia era el oído.
En Uruguay irrumpía el conjunto “Los iracundos” que tendría una gran influencia en la música de los grupos chilenos y que en algún grado escapaba al concepto de la “nueva ola” que se empoderaría de los rankings nacionales y que tenía su origen en las baladas italianas.
Las emisoras hicieron escuchar dos ritmos que hacían furor en el mundo occidental: el rock and roll y el Twist, ambos se definían como “locura de juventud” y alternaban sus programaciones con la música mexicana que era lo que predominaba en nuestros oídos.
En Quilicura, como hemos dicho, la música como expresión popular se encapsulaba en las quintas de recreo.
En estos años, al inicio de los sesenta, Hugo deambulaba con su guitarra y donde había la posibilidad hacía escuchar estos nuevos ritmos. Era músico sólo de oído porque escasamente tenía estudios de preparatoria.
Finalmente logró constituir un grupo musical que interpretaba los nuevos ritmos sólo con guitarras acústicas.
Pasarían varios años para que en Quilicura sonara la primera guitarra eléctrica.
El nuevo grupo, el pionero de los grupos de la comuna se denominó “Los intrépidos”, y fueron cinco jóvenes los que le dieron forma: Hugo Rozas (el negro), Pedro Ríos, Freddy González, Jeremías Riveros  y Pablo Vergara.
Podían hacer su música en la plaza, en la calle, en una casa o en cualquier lugar, todos tenían como una única escuela el oído.
Por aquellos años, Quilicura era una aldea quieta y no contemplaba encuentros de ningún tipo, todo se limitaba al fútbol y a la participación religiosa en las dos únicas iglesias que había: la Iglesia Católica y El culto evangélico. Los jóvenes de ayer canalizaban sus inquietudes e intereses en estos escenarios.
El grupo “Los intrépidos”, participaba en algunos “malones”.
Los “malones”, era una fiesta de tipo familiar en que se reunían grupo de adolescentes y jóvenes donde consumían bebidas, realizaban juegos y escuchaban música. Eran las únicas fiestas juveniles y que se iniciaban cerca de la 20.00 horas y nunca se excedían más allá de la medianoche.
Tampoco eran muchas.
La vida familiar estaba estructurada bajo una disciplina que impedía que las “señoritas”, circularan durante la noche a no ser que lo hicieran con sus padres o hermanos mayores. En razón de esto, los malones se realizaban los sábados por la tarde y era el único momento donde la expresión juvenil podía canalizarse.
El grupo musical “Los intrépidos”, participó en algunos de estos malones entregando la nueva música que años más tarde se masificaría en todo el país.
Junto con el Twist, el rock and roll y  la nueva ola, surgía el sonido de los Beatles, ritmos que los miembros de los grupos incluían en sus ensayos.
Fue en el año 1966 que “los intrépidos” irrumpieron en las fiestas de Quilicura y rápidamente el público los reconoció.
El estadio municipal albergaba un encuentro artístico cultural preferentemente folklórico y los músicos subieron al escenario con sus guitarras y su batería.
El escenario era una pequeña tarima de madera y la amplificación contaba con tres micrófonos, lo suficiente para que esa tarde el público escuchara las canciones de “iracundos”, las baladas de Tom Jones y las canciones de los Beatles.
Esa tarde se escuchó por primera vez el repertorio de estos jóvenes y la gente quedó encantada con los nuevos artistas. Estuvieron interpretando sus temas cerca de media hora y Hugo haciendo alarde de sus aptitudes para puntear el nuevo sonido que ya recorría los diferentes lugares del planeta.
Entre las melodías de mayor logro estaba “calla” y “la lluvia caerá “de los iracundos. Por otra parte Jeremías, lucía su falsete con las canciones de Yaco Monti y Tom Jones con la interpretación de “Que tienen tus ojos “y  “Dalila”.
Freddy, era admirado porque la ejecución de la batería era atractivo para los muchos niños que había esa tarde y porque los jóvenes se contagiaban con el ritmo de los tambores y los platillos.
Aquella tarde de agosto del año 1966 surgió para la comuna la banda “los intrépidos” que permanecerían unidos y renovándose por varios años.
 Al inicio de los años setenta la banda se convertiría en “sólido cinco”.
Es difícil imaginar hoy estos escenarios de ayer.
Al presente la tecnología del sonido y la iluminación, la utilización del computador para la realización de la música y los cientos de recursos acústicos musicales impiden dimensionar lo muchísimo que significó aquello en esos años.
La vida era muy simple entonces.
La vida no otorgaba espacios para el desarrollo artístico en lugares como Quilicura que siempre fue en esencia una comuna rural de tipo campesino.
Hacía falta mucha motivación, dedicación y cariño para emprender una ruta musical.
Sin embargo en las situaciones y en las condiciones más adversas, irremediablemente el talento siempre se abrirá paso.
Hugo murió en un accidente laboral, Pablo nos dejó muy tempranamente antes de cumplir 30 años, Freddy falleció en un trágico accidente automovilístico.
Jeremías Riveros padeció una gravísima enfermedad que le llevó a su deceso.
Pedro, que era el bajista, al quedar solo, legó la música a su hijo.
Quilicura y “los intrépidos” forman esta página de nuestra pequeña historia.
Luego vendrían muchos más pero ellos, no podían permanecer en el olvido.
Había que tenerlos en la memoria.
Nada más pretende esta pequeña crónica.

9/1/13

VILLA PARINACOTA


 EL ROSTRO DEL NOSTÁLGICO QUILICURA ESTABA CAMBIANDO


Hacia el año 1970, Quilicura, pequeña comuna de santiago, tenía unos límites muy definidos. Era algo así como una reserva enclavada entre cuatro puntos que mantenían fuertemente enraizada una cultura y una identidad.
La singular geografía permitía esto:
Por el norte el límite natural era la comuna de Lampa, que se mezclaba con los pajonales y los totorales donde era imposible transitar.
Después de los pajonales venía la Comuna de Lampa.
Por el sur, Quilicura limitaba con la Comuna de Renca.
El viejo y empolvado camino de tierra que conducía a la vecina comuna tenía unos añosos alambrados y un cartel escrito sobre una tabla que rezaba: “Límite de Renca”. Esta era la única ruta que nos llevaba a nuestro cementerio local y más allá para nosotros estaba Renca.
Teníamos por el este la carretera panamericana que cortaba nuestra comuna y era el límite para referirnos que más allá de esa ruta había otras aldeas algo más cercanas a la capital.
Quilicura hacia el oeste tenía como límite un sector llamado “El noviciado”.
Aunque en verdad para nosotros todo terminaba con el fundo San Luis. Una enorme hacienda que conectaba con nuestro pueblo pero que perdía su huella entre los sembrados del fundo hacia la localidad del “noviciado”.
La hacienda de San Luis era de enorme extensión y había tenido su apogeo en la década de los años cincuenta.
Estaba pues Quilicura enclavada en su paisaje y en su breve historia.
Su fundación había sido a principios del siglo cuando un grupo de vecinos dedicados al comercio y a la agricultura  habían decidido independizarse de la comuna de Renca que absorbía toda la circunscripción jurídica.

La vida venía de este modo, en la pasividad del campo y en la quietud de los inquilinos y campesinos que habitaban esta zona.
A inicio de los años setenta Quilicura contaba con unos 35 mil habitantes.
La comuna era apacible con un dejo de pueblo rural del sur de nuestro país que se negaba al progreso y a la tecnología.
Por décadas así de había vivido y sus habitantes no tenían mayor razón de cambiar esta forma de convivir.
Sin embargo llegaban los setenta con la gran efervescencia social que venía transformando al planeta y con el poderío en cierne de las comunicaciones porque la televisión lo había trastocado todo.
Quilicura no fue ajena a todo el movimiento mundial de los jóvenes y las nuevas innovaciones de la tecnología.
La señal de aviso para las transformaciones que sufriría la comuna la dieron dos nuevas poblaciones que se insertaron en nuestra cultura local, esta fueron la Villa Gildemeister y la población María Ruiz Tagle de Frei.
A fines de los años sesenta, hubo un hecho trascendental que permitió que el paisaje de Quilicura cambiara. Esto fue la reforma agraria.
La reforma agraria permitió que en Chile se expropiaran algunos fundos y que los campesinos y trabajadores de la tierra se adjudicaran algunas pequeñas parcelas.
En Chile la práctica del latifundio dio paso hacia las pequeñas cooperativas  de campesinos.
Y junto con el despertar de las conciencias sociales, vino también la reacción a través de un golpe de estado en septiembre del año 1973.
No fue un hecho aislado, los militares intervenían con su poder y su fuerza en todas las débiles repúblicas americanas.
Bajo un drástica dictadura militar, los chilenos y los quilicuranos vivieron tres décadas.
Sin embargo con el advenimiento de la democracia en Quilicura se sucedieron dos hechos que cambiarían definitivamente nuestra fisonomía:
Uno de ellos fue el impulso de la vivienda que era el mayor drama que vivían los sectores más desposeídos de la sociedad.
El otro hecho, fue el re diseño del plano regulador que permitiría que en esta zona norte de Santiago emergieran una inimaginable cantidad de poblaciones y villas. Quilicura fue la comuna asignada para que se desarrollara el crecimiento poblacional y esto varió la demografía de lo que era la apacible comuna rural de las décadas anteriores.
Al inicio de los años noventa, los terrenos del fundo San Luis, otrora tierra de sembrados, de ganados, de árboles frutales y de grandes plantaciones agrícolas se desmenuzó en pequeños predios y terrenos destinados para las constructoras habitacionales.
Hacia el poniente de Quilicura, se inició la construcción de muchos blocks, edificios de tres pisos destinados para las personas de escasos recursos que postulaban a tener viviendas propias y dignas.
Al inicio de los años noventa llegarían numerosas familias a instalarse en una nueva y  floreciente villa.
El camino central llamado San Luis se mantuvo y junto a este vía central en espacios casi baldíos y abruptos, se levantó un gran conjunto habitacional llamado Parinacota.
Y fueron poblados rápidamente, aún sin los mínimos servicios de urbanidad.
Era gente muy pobre.
La mayoría eran “allegados “que por mucho tiempo vivieron al alero de sus familias compartiendo la pobreza, la promiscuidad, el abandono y la discriminación social.
Hoy tendrían un hermoso departamento. La casa propia.
Venían principalmente de las comunas cercanas a la periferia de la capital:
Recoleta, Pudahuel, Conchalí, Independencia.
Llegaron con una carga de sueños e ilusiones para compartir la vida en este nuevo Quilicura.
La vida les daría una nueva oportunidad.
Eran gentes que con mucha emoción recibían las llaves de sus nuevas viviendas y por fin contarían con un baño y una cocina propia.
Esto era nuevo para ellos, al menos para la mayoría.
A fines del año 1993 la Villa Parinacota ya se había poblado definitivamente y Quilicura junto con ellos cambiaba abrúptamente su fisonomía.
En el año 1994, el Presidente Eduardo Frei Ruiz Tagle, visitaba la comuna de Quilicura y entre un gran ajetreo de estudiantes y pobladores se inauguraba la Escuela  María Luisa Sepúlveda  y la flamante Villa Parinacota.
Los 60 mil habitantes con que contaba la comuna hacia los años 90 se duplicarían en la década siguiente.
La gente llegó atraída por el paisaje de Quilicura, por su apacible quietud y el entorno semi rural; sin embargo sin saberlo y sin darse cuenta, fueron ellos mismos los  que cambiaron la postal de los años anteriores.
El sector poniente de la comuna de pronto vio que las aves, los insectos y las flores silvestres abandonaron su hábitat.
El mítico Cristo de san Luis permaneció en el mismo lugar donde había sido ubicado en los años 40 pero ahora en torno a él crecía una nueva villa.













                                                                                           

                                                        Pueblo de "Parinacota" en la región de Atacama

19/7/12

QUILICURA EN EL AÑO 1962: Los días del “mundial”

NO TENÍAMOS TV, EL RELATO RADIAL ERA SÓLO EMOCIÓN



El año 1962 constituye en Chile una fecha memorable.
Ese año nuestro país organiza por primera y única vez en su historia un campeonato mundial de fútbol.
Un   gran orgullo por siempre para los chilenos.
Quilicura era por entonces una comuna y un pueblo rural.
Nuestra población difícilmente llegaría a las 40 000 personas y por lo tanto esta tierra era una pequeña aldea de carácter familiar.
El pueblo de Quilicura era muy pacífico y el centro se  ubicaba en la calle Vergara entre San Martín y O’higgins.
Este centro cívico y comercial eran las  cuatro cuadras donde se instalaban algunos pequeños almacenes: fuente de soda, carnicería, verdulerías y la plaza de Quilicura que albergaba el retén de Carabineros, la Municipalidad y el Cuerpo de Bomberos.
El centro de Quilicura se extendía hacia el poniente hasta la calle San Martín.
Hacia el este, sus límites eran el viejo cine México y el restaurante de los  Quilicuranos.
A un costado de la plaza estaba la Quinta Barcelona y más allá por calle Ohiggins el antiguo Estadio Municipal.
Esto era el centro de Quilicura, lo que los lugareños denominaban “el pueblo”
En el año 1962 se demarcaban otros  sectores geográficos que permitían a los quilicuranos identificar sus barrios y sus zonas.
Cada quien decía donde vivía: En las “parcelas”, en lo “Zañartu”, en “Santa Luisa”…
Una sola vía permitía al viajero acceder hacia Quilicura.
Era la calle Matta que se iniciaba en el cruce con la carretera Panamericana que por aquellos años sólo contaba con dos vías.
Viniendo por Matta hacia el poniente estaban los sectores quilicuranos que constituían la pertenencia y el orgullo de los vecinos.
El recorrido era este: “La Estación”, “Lo Zañartu”, “Las Parcelas”, “La vuelta de los ciruelos”, El fundo la “Chacarillas”, “Lo Bascuñan”, “el pueblo” y finalmente “San Luis” y “Santa Luisa”.
En el año 1962, esto era Quilicura.
Enredaderas y flores silvestres, mariposas multicolores y aves, árboles frutales, álamos, acacias y sauces llorones era el paisaje que había a cada costado de la única vía central que serpenteaba nuestro pueblo.
Los cercos eran viejísimas paredes de adobes, zarzamoras y empalizadas.
Cada cierta cantidad de metros se levantaba un poste de madera con una débil ampolleta que permitía al menos al caminante divisar la calle en las oscuras noches de nuestra aldea.
Las luces del pueblo se perdían a las pocas cuadras.
El amanecer era el trinar de  miles de pajarillos y el cantar de los gallos en uno y otro sector de Quilicura.
Había poquísimos vehículos motorizados porque el medio de transporte más usado era el bus de la locomoción colectiva, la bicicleta y los carretones tirados por un caballo. De tal manera que el desplazamiento era muy lento y no había lugar para la prisa. Seguramente en el resto del país, en los sectores más apartados la vida era similar.
En el año 1962, en nuestra pequeña aldea, la principal distracción  de los niños y jóvenes sin duda, era el fútbol.
El fútbol despertaba la pasión de los distintos sectores de la comuna porque cada club era representativo de cada barrio.
Los antagonismos eran entre “Ferroviarios” que obviamente era el representante de “la estación” y “San Luis”, que correspondía a la población del mismo nombre, que se había levantado en el sector poniente de Quilicura hacia el año 1956.
Pero también estaba el club “Atlético Cóndor” que había surgido en el pueblo y que rivalizaba con “Defensor” y el “Biblioteca”, una de las más prestigiosas instituciones.
En el sector de parcelas se encontraba el club “Colonia” y “Unión Parcelas” que disputaban el barrio del mismo nombre.
Una nueva población, había hecho surgir el club deportivo “Real san Francisco”.
En el año 1962 ese era el panorama del fútbol en la comuna y eran estos clubes los que encendían las mayores pasiones en los torneos locales y sin duda a través de  este deporte, se canalizaba toda la energía de los jóvenes y niños de esos años.
En Quilicura, los domingos eran días de fútbol de empanadas y pan amasado.
Club "Defensor Quilicura"

Fue en 1962 que se realizó en Chile, el campeonato mundial de fútbol copa Jules Rimett.
Al igual que en el resto del país, el entusiasmo se desató como nunca antes se había visto, era sin duda el mayor acontecimiento que se había vivido en estas latitudes.
Y el eco del mundial de fútbol también llegó hasta este apacible villorrio.
En esos meses previos todo era una efervescencia futbolística. No sólo los jóvenes, sino también los niños se dedicaban a coleccionar láminas con los jugadores de los clubes que participaban en el mundial y todo tipo de recortes, de revistas y periódicos que hablaban de esta fiebre futbolera.
La principal revista deportiva era “Estadio”, que llenaba páginas y páginas con las andanzas previas del seleccionado nacional y los que serían los héroes de campeonato que se avecinaba.
En la comuna fueron suspendidos los partidos del campeonato local porque bien presumían los dirigentes, que todo el mundo se concentraría en las transmisiones de tan magno evento.
Las escuelas del país adelantaron las vacaciones y los niños participarían también de la fiesta.
No era tan aventurero pensar que Chile sería el campeón del  mundo
Algunos escasos quilicuranos habían obtenido las entradas para asistir al Estadio Nacional y presenciarían los encuentros que partían el 30 de mayo y perdurarían todo el mes de junio.
La televisión daba sus primeros pasos en nuestro país y según decía la prensa de esos años, los partidos de la selección chilena serían televisados.
Quilicura difícilmente contaría con dos o tres aparatos de televisión de las familias más adineradas de la comuna. El resto sólo sería partícipe de las transmisiones radiales.
Quilicura era una apacible comuna que dormía tempranamente.
No había mucho que esperar de la noche.
Las frías noches del mes de mayo, la escasa iluminación pública y el comercio que cerraba los pequeños “boliches “cerca de las seis de la tarde, creaban las condiciones para que prácticamente nadie deambulara por las callejas después de las 21 o 22 horas.
Una absoluta quietud cubría la aldea.
Quilicura dormía apaciblemente y sólo despertaba cuando se escuchaba el único motor del primer bus local cerca de las seis y media de la mañana.
Así se iniciaba el día.
La mayoría de nuestra gente eran agricultores, inquilinos campesinos y pequeños comerciantes o artesanos.
Iban de mañana a sus labores y regresaban a sus hogares al atardecer.
La historia pareció detenerse y por muchos años así vivió este pueblo.
Pero “el mundial de fútbol” algo alteró esta calma permanente.
El día domingo 30 de mayo cerca de las dos de la tarde, se escuchaban las transmisiones radiales. En cada esquina o sector el fútbol y el relato de los comentaristas estaban presentes.
La calle del pueblo traía el eco del mundial desde cada hogar.
Cada club contaba con una “secretaría”, que era la sede o el lugar del encuentro de los socios y simpatizantes. Ese día domingo como el resto del torneo, las “secretarías” permanecieron abiertas y muchos niños y jóvenes se reunían a escuchar el partido.
No era lo mismo estar solo que compartir las derrotas o los triunfos con un grupo de amigos.
Los relatos de Darío Verdugo, Sergio Silva, Julio Martínez y Hernán Solís eran apasionantes.
“Una hermosa y colorida tarde de sol en nuestro principal recinto deportivo, en las gradas del nacional una setenta mil almas esperan ansiosas el debut de nuestra selección...”
La fiesta que vivió el país también la vivimos acá.
Ese domingo Chile venció a Suiza por tres a uno y Quilicura estuvo despierta hasta más tarde, al menos así ocurrió en el centro del pueblo, en la esquina de la “botica”, donde las jugadas de los chilenos fueron comentadas una y otra vez por los que más sabían de fútbol y el centro de atracción era aquel amigo que esa tarde inolvidable estuvo en las gradas del Estadio Nacional.
Alguno comentó  que fue a ver el partido por la TV, porque en Santiago se instalaron algunos aparatos en las calles, y la frase más escuchada fue “se veía todo clarito”.
Sin embargo la inmensa  mayoría de los quilicuranos siguieron los partidos a través de la transmisión radial y luego con el paso de los años, nos dimos cuenta que el relato vibrante que nos hicieron, no estaba para nada lejos de la realidad.
En el año 1962, al inicio de la música de los Beatles, todo se concentró en una pelota de fútbol de color café.
La emoción que vivimos en aquellos años y especialmente ese mes de junio sería imborrable para nuestros oídos.
Fue un mes muy corto, extremadamente corto que marcó para siempre a toda una generación.
Extrañamente el sol se dejó ver en cada jornada, un detalle en el que muy pocos repararon.
La selección Chilena con Escuti, Eyzaguirre, Sánchez, Navarro, Contreras, Rojas, Ramírez, Toro, Landa, Foullioux y Leonel Sánchez ocupó el tercer lugar en el mundo y  convirtieron al team, al igual que el “rock del mundial”, en una leyenda
En el mes subsiguiente, unas vez más las heladas y la escarcha de la mañana volverían a los quilicuranos a su vida habitual.
El mundial de fútbol de 1962 había quedado en el recuerdo.

11/5/12

LA ESCUELA 386, EN EL CORAZÓN DE LA POBLACIÓN




En el mes de agosto del año 1967, se iniciaba en Quilicura un proyecto denominado “operación sitio”. Se trataba de una iniciativa del Gobierno que permitía que familias muy desposeídas se unieran para conformar una organización y rescatar algunos terrenos e iniciar la construcción de viviendas.
Fue se esta manera que alrededor de 300 familias comenzaron a poblar los terrenos de lo que fue el antiguo fundo “Lo Echevers “de propiedad de la familia Vergara que residía en Viña del Mar.
En efecto, estos terrenos expropiados por ley, estaban en el sector sur oriente de Quilicura casi en los faldeos del cerro llamado de “La cruz”.
Gente de muy escasos recursos provenientes de los suburbios de la capital fueron empadronados para iniciar una nueva vida en esta tranquila comuna de Quilicura.
Gente que ilusionada por una nueva vida, con sus enseres y niños lentamente dieron vida a un sector que desde siempre sólo había albergado árboles, flora y fauna silvestre.
La población que emergía fue llamada “María Ruiz Tagle de Frei”.
Las construcciones eran pequeñas viviendas de madera que se levantaban en sitios de no más de 200 metros cuadrados.
En el centro de la población se plantaron árboles y se diseñó lo que sería una plaza.
Se inició una nueva convivencia rompiendo la monotonía y la tranquilidad de un pueblo rural que había permanecido inalterable por muchísimos años.
En el mes de marzo del año 1968, ante la necesidad de brindar educación a los niños que llegaban, se instalaron varias mediaguas que permitirían que los jóvenes profesores las utilizaran como aulas de clases, justamente en el corazón de la población, en la plaza que emergía.
Estas pequeñas aulas de madera fueron el inicio de la Escuela Básica Nº 386, la tercera Escuela de la Comuna de Quilicura.
Alcalde Jorge Indo, durante la ceremonia
inaugural
Al año siguiente, en el mes de mayo de 1969, en un hermoso local rodeado de árboles y flores se levantaba y se inauguraba lo que sería el nuevo colegio de Quilicura para los niños de la población.
Los niños y la comunidad estaban felices. La nueva Escuela era un sueño hecho realidad y se convirtió en el orgullo de los vecinos.
Ya para el año 1970, el plantel contaba con más de 500 alumnos.
Era época de grandes transformaciones sociales y culturales donde la comunidad, los profesores y los vecinos cada día eran protagonistas.
En el año 1971, la Escuela ya se había consolidado y tenía un gran prestigio entre los quilicuranos y las autoridades de la educación. Los jóvenes profesores impregnados  de mística y entusiasmo la convirtieron en un gran referente educativo que basaba sus proyectos en la participación permanente de padres y apoderados.
Una comunidad esencialmente activa.
Todo un acontecimiento social.
En el mes de septiembre gracias al patrocinio de la Embajada de Bulgaria y a la acción permanente del Instituto Búlgaro de Cultura, la Escuela se denominó “Escuela Nº 386, República popular de Bulgaria” 
La historia de Bulgaria, sus costumbres, su cultura, sus personajes históricos y su geografía se hicieron familiares para todos los alumnos y para la comunidad educativa.
La escuela constituía un orgullo no sólo para los apoderados, sino para todos los vecinos y para las autoridades de la época que veían como en aquel sector de Quilicura florecía una cultura diferente.
El arte, la música, el teatro y el deporte eran parte preponderante de la educación de aquel pequeño plantel.
Los niños se encontraban con un colegio que les cobijaba y les hacía felices.
La efervescencia de aquella época se vio abruptamente interrumpida.
Era el año 1973 y el día 11 de septiembre un cruento golpe militar se perpetró en nuestro país y repercutió en todos los rincones de la patria.
Una junta militar tomó por las armas el control de la nación y los ecos del desconcierto y del miedo prontamente llegaron a nuestro pueblo.
El extremo fue cuando los pequeños niños vieron llegar soldados con metralletas que irrumpían en sus salas.
Lo primero que se eliminó fue el nombre del colegio.
Un hermoso monolito recordatorio del día de la inauguración fue removido de su lugar y la Escuela dejó por algún tiempo su identidad.
El paréntesis histórico se prolongaría por muchos años.
En el año 1982, la totalidad de los establecimientos educacionales de enseñanza pública fueron traspasados a los municipios.
La comuna ya contaba con otros establecimientos. La escuela Nº 386 cambió su número y desde abril de 1982 pasó a ser reconocida como Escuela Básica Municipal Nº 337.
Algo similar había ocurrido con el nombre de la población.
María Ruiz Tagle era un nombre que se vinculaba al Gobierno de Don Eduardo Frei Montalva y por lo tanto no permaneció mucho tiempo con esa denominación.
 Ahora se llamaría “El Mañío “como referencia directa a dos  frondosos árboles nativos que permanecieron a la entrada de la población.
A partir del año 1973, la Escuela sufrió un constante hostigamiento que provenía de las políticas emanadas del Gobierno Militar, sin embargo la convivencia pedagógica y el compromiso educativo de su Dirección y su cuerpo educativo nunca decayó.
La esencia y el perfil que ya había adquirido la Escuela, era muy difícil que fuera alterado,
En esta larga y a la vez pequeña historia muchos nombres y apellidos cruzan en esta biografía, muchos maestros, hombres y mujeres que dejaron impregnados los diferentes sellos de la educación. Muchos acontecimientos han escrito cada página de esta escuela hasta el día de hoy.
Lo importante finalmente es que este pequeño plantel enclavado en el corazón del “Mañío”  ha educado generaciones de alumnos, hombres y mujeres que fueron niños y pequeños alumnos y que la vida luego los transformó en padres y apoderados produciéndose un recambio generacional permanente.
No obstante aquello, algo ha permanecido inalterable.
La escuela sigue ubicada en la plaza que la vio nacer y sigue rodeada de árboles y flores, aún los profesores con sus alumnos, al igual que ayer, realizan paseos por el parque y visitan de vez en cuando el cerro cercano que cada día  se hace más pequeño. Aún hoy los alumnos y sus padres recuerdan los nombres de los antiguos directivos y profesores, porque como suele ocurrir, la leyenda de lo que ocurría en esas aulas y en esos patios, se transmite de generación en generación.
En el corazón de la gente anidan nombres y apellidos y sin duda el himno creado en el año 1971 mantiene  su vigencia. “mentes sabias te dirigen y te guían sin cesar”.
Lo más importante: La escuela aún está y permanece allí.

4/1/12

QUILICURA Y UNA TRADICIÓN DE AMOR HACIA SUS MUERTOS



Por muchos años,  formó parte de nuestras tradiciones una singular forma de despedir a los muertos.
En efecto, el cementerio de Quilicura distaba del pueblo, poco más de tres kilómetros por un sendero que bordeaba el cerro.
Era un viejo camino que en parte se había conformado por el paso de las carretas y carretones a la localidad de Renca.
El sendero rocoso se fue formando  en la falda de la cadena de cerros, en un extensa planicie que  durante el inicio de la primavera se cubría de “huilles”; hermosas flores silvestres que embellecían un paisaje casi virginal.
Por aquel sendero transitaban los deudos hacia el cementerio local.
En una época no tan lejana, durante los años cuarenta, cincuenta o sesenta, la gente de la comuna prácticamente era una gran familia donde todos se conocían y todos se saludaban. Los barrios estaban muy 
delimitados pero la vecindad era una sola.
Suele ocurrir en los pueblos pequeños.
Y Quilicura por muchos años fue un pequeño pueblo con aire provinciano.
Era por tanto un acontecimiento el deceso de un quilicurano. La noticia iba de boca en boca y de barrio en barrio y finalmente todos se enteraban.
Los vecinos visitaban y compartían el velorio con la familia y éste se extendía durante toda la noche.
Y el funeral era todo un ritual. Un pequeño ritual que se transmitía de generación en generación.
La mayoría del tiempo los deudos solicitaban una misa o un responso en la única parroquia que había en el pueblo.
Lo mismo ocurría con los oficios del templo evangélico.
Y luego de las oraciones y del repicar de las campanas el cortejo iniciaba un largo viaje.
Encabezando el cortejo iba el féretro que cargaban cuatro o seis familiares o amigos. Todos varones.
Tras de ellos marchaban los cargadores que turnándose cada 30 o 40 metros iban haciendo los relevos hasta  llegar al cementerio considerando que conforme pasaban las cuadras el “finado” cada vez se hacía más pesado.
Era un cansador y penoso viaje, llevando el ataúd a pulso. Y esto ocurría bajo el abrasador sol del verano o bajo la intensa lluvia del invierno.
Muy de vez en cuando también se utilizaban carretones, pero más bien la tradición dictaba que el difunto había que despedirlo de esta manera mucho más cercana.
Luego de la ordenada fila de hombres, venían las mujeres vestidas de luto con sus rezos y llantos. 
Más atrás el resto del cortejo que generalmente iba acompañado de jinetes y carruajes.
El viaje era lento silencioso e interminable. Bandadas de aves y mariposas cubrían el entorno, un paisaje de verde profundo era la magnífica vista que tenían los acompañantes en el lado opuesto del cerro. Y de este modo exhaustos por la travesía era un inmenso alivio ver que al otro lado de la ladera se divisaban las tumbas del cementerio.
En la puerta central del cementerio se instalaban las flores y coronas estableciendo un pasillo florido y luego en el último impulso el féretro era depositado en la tierra a la espera de las palabras de algún amigo o vecino.
Por muchos años María Meza, mujer de gran locuacidad cumplió con esa misión, cuando aún éramos una aldea pequeña.
El ruido de las piedras golpeado sobre la madera exacerbaban aún más el dolor de lo familiares y el llanto de la mujeres se hacía eco en la lejanía.
Los sepultureros ponían flores y coronas sobre la tierra removida.
El ritual concluía al caer la tarde.


Con un cadáver a cuestas,
camino del cementerio,
meditabundos avanzan
los pobres angarilleros.

Poema Entierro de Campo
de Carlos Pezoa Veliz


2/11/11

LAS HUELLAS DEL PADRE GERARDO EN LA COMUNIDAD DE QUILICURA

En el año 1976, el Padre Gerardo Parent Dubois, se hace cargo de la parroquia Nuestra Señora del Carmen de Quilicura.
Gerardo Parent, había sido ordenado pàrroco en el año 1960 y a luz del Concilio Vaticano II, inició su apostolado de acercamiento hacia los más desposeídos.
Su itinerario se inició en México y luego en Bolivia.
En Chile tuvo a su cargo una decena de parroquias en Santiago y en el sur de Chile, Temuco y Chillán.
Luego de estas experiencias, por más de 22 años, realizó su misión en nuestra comuna, donde con gran estusiasmo impulsa el proyecto "Nueva imagen parroquial".
Gerardo Parent, había nacido en la localidad rural de Albanel, en Canadá en el año 1930, y fue uno de los siete hijos de una familia de raíces muy católicas; de hecho cuatro de sus hermanos volcaron su vida hacia el camino de la fe.
La gente de Quilicura le recuerda siempre con mucho cariño, puesto que a cargo de su labor como ministro, surgieron una serie de movimientos y grupos laicos que aún perduran.
La labor de la Parroquia durante los años de permanencia de este párroco fue difundida sin interrupción a través de un boletín llamado el "re-encuentro".

En este mismo período la iglesia evangélica estaba a cargo del Pastor Moisés Silva. Ambos líderes religiosos propiciaron un fecundo acercamiento ecuménico a la luz de las palabras de Jesús : " que todos sean uno.."
Este diálogo adquirió gran trascendencia en las comunidades de la comuna, por lo que no fue casualidad que al fallecer el Pastor Moisés Silva, el pueblo católico sinitiera la misma consternación que la Iglesia Evangélica Metodista Pentecostal.
                     Pastor Moisés Silva
Gerardo Parent gestionó la formación de un hogar de ancianos que se encuentra en el camino de lo Etchevers.
precisamente en el "Hogar San Gerado",  se celebraron sus cincuenta años de sacerdocio.